Durante muchos años, mi vida se vio reducida al reino de las cuatro paredes del cuarto de la casa de mis padres. Me sentía un niño bueno a quien su madre peinaba a raya para ir a misa los domingos, limitándome a estudiar porque era lo que tenía que hacer. Sacaba buenas notas en el colegio, después en el instituto, terminé una carrera y aprobé unas oposiciones. Aunque salía los fines de semana, y bebía, fumaba y salía con mujeres, siempre he sabido donde estaba el límite. Como no trabajaba y tampoco mis padres disponían de mucho dinero, me conformaba con poco mientras iba comprendiendo que lo importante no estaba en lo material, sino en lo espiritual, en el interior de cada uno de nosotros. Me alimentaba de sueños, aunque engordan tan poco que nunca tuve la curva de la felicidad en mi estómago.
Pero un día me cansé de mi vida anterior de monje budista que apenas había saboreado el pecado, y a las doce de la noche de un domingo de octubre me subí a un tren rumbo a la Fortaleza, donde poco a poco me fui dejando llevar por el lado oscuro de la vida, aferrándome a la forma y al tamaño del deseo. Mi única religión era el quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero,quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero, quiero...
En cuanto cobraba me sentía empujado por el más puro consumismo: lo importante era gastar. sobre todo en cosas que no iba a utilizar nunca. No me privaba absolutamente de nada, pero cuanto más utilizaba la tarjeta de crédito, más miserable me sentía y más me hundía en el escepticismo, hasta que comprendí que no es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita.
No he nacido para calzarme un taparrabos y arrojarme a las calles para disfrutar de la pobreza ni me siento capaz de renunciar a todo por lo que he luchado en esta vida, pero envidio al niño que fui, tan disciplinado, que se entusiasmaba con los cuentos de hadas y que se conformaba con tan poco. En el fondo se trata de asumir que lo material te sirve para vivir y no vivir para lo material.
En fin, lo dejo, que Max, me estoy poniendo estupendo.